“Charlas entre un juez y su psicoanalista”, de Oscar Ramón Ocampo y Carlos Enrique Borro, Editorial Dunken, 1999 (126 pags).

Comentario:Por José María Orgeira

                             Ocampo, hijo de juez cuya recta trayectoria le dejó una huella imborrable, tuvo una larga actuación en la justicia, en la que ingresó muy joven como secretario letrado.Se jubiló recientemente como integrante de la Cámara Penal de San Isidro. Entre 1976 y 1984 ejerció activamente la profesión de abogado penalista. Por eso tiene una muy rica experiencia, que aquí aprovecha para difundir. La sapiencia, humanidad y sentido común -virtudes reconocidas y valoradas por todos en el fuero penal sanisidrense- fluyen en sus reflexiones. Ocampo reniega de los jueces que ven a los acusados “como si fueran fotos caratuladas”; “si no alcanzas a verlos como personas -dice-, nunca vas a entender lo que significa el trabajo de juez”; aunque reconoce la dificultad que genera el acercamiento emocional. Entonces, agrega, “la toga de magistrado es como una coraza que defiende y separa del dolor de los otros”; la compara con el guardapolvo de médico, que protege de las enfermedades, “como si diera inmunidad”.

                             Este libro nace como consecuencia de circunstancias muy difíciles que tuvo que atravesar Ocampo: uno de sus hijos, Oscar M. Ocampo, juez de cámara, integrante de un tribunal oral de la Capital Federal, murió en 1995 de cáncer, tronchando una brillante carrera judicial. Como no podía sobreponerse a esta desgracia, recibió la ayuda del psicoanalista Carlos Enrique Borro. Este profesional no sólo lo confortó, convirtiéndose en su amigo; se ocupó de grabar los diálogos que mantuvieron y de compaginar los escritos que fueron surgiendo en las entrevistas; incorporando también algunas narraciones, producto de su propia imaginación y de sus sueños, que por momentos parecen haber salido de crónicas policiales, como las que vivió Ocampo como magistrado y abogado penalista.

                            El “juez Ocampo”, como lo llama su interlocutor, no se olvida de la influencia que en su formacion tuvieron los jueces Aftalión y Panelo, la importancia de su esposa Elba Elena Besaglia -compañera y amiga-, de sus hijos -sin distinguir entre los de sangre y los que crió como propios-, destilando en todas las reflexiones el profundo sentido ético que le infundió a la vida. Ocampo advierte las alarmantes diferencias que existen entre los delincuentes de antes -que tenían un código de honor- y los de ahora, violentos, producto de una criminalidad distinta, que aparece en medio de la droga y la corrupción; alerta sobre la necesidad de mejorar las cárceles para “reeducar al delincuente”; y no se olvida de la policía -en particular de la provincia de Buenos Aires, donde le tocó actuar-, porque, dice bien, hay que distinguir “los males ocasionados por los malos policías”, pero los que se sientan agraviados “no pueden ni deben borrar los actos de valentía y las muchas muertes en enfrentamiento con delincuentes” de los buenos agentes.

                             Las páginas de estas “Charlas...”, de lectura amena, donde los pensamientos se vuelcan sin ampulosidades, están llenas de consejos y reglas morales (“toda enseñanza debe corresponderse con el ejemplo”; “qué bueno sería volver atrás en la ética, en el respeto a valores que no estaban tan ennegrecidos como ahora”; “si se pudiera hacer que ‘la sociedad de los principios’ se mantuviera joven”).

                             Y para los que ejercemos privadamente la abogacía también hay algunas buenas recomendaciones; entre ellas, el mantener con los clientes comunicaciones claras y directas, exponiendo con seguridad los hechos, tanto desde el punto de vista técnico como legal. Ojalá otros magistrados vuelquen así sus propias vivencias, porque, como le explica Ocampo a su psicoanalista Borro, “siempre hay un intercambio: se aprende lo que se ignora y se enseña lo que se sabe”.                    

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